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El mitote corre en la sangre de los mexicanos casi en la misma cantidad que la grasa de los tacos, ha estado presente en nuestra cultura desde antes de la conquista y nos encanta entrarle a todas horas y todos los días. Sin embargo, ¿sabemos el origen de esta ruidosa y parrandera palabra?

Nuestro querido diccionario El pequeño Larousse ilustrado ofrece la siguiente definición al respecto:

Mitote s.m. Fiesta agrícola antigua celebrada por varias etnias mexicanas, durante la cual los participantes bailaban formando círculos concéntricos y bebían hasta embriagarse. 2. Amér. Fiesta casera. 3. Amér. Aspaviento, demostración exagerada: el desfile pasó con mucho mitote. 4. Méx. Situación donde impera el desorden o en la que hay mucho ruido o alboroto: la celebración se transformó en un mitote.

Se sabe que proviene de dos palabras del náhuatl: mitotiqui = danzante e itotia = bailar.

Los mitotes originales eran reuniones, celebradas generalmente en la noche, donde brujos indígenas, en círculos y alrededor de una bandera, danzaban y cantaban mientras tomaban bebidas embriagantes y consumían peyote, todo con el propósito de establecer una conexión genuina con la naturaleza; todavía en la actualidad, en la región de la Sierra Madre Occidental perteneciente al estado de Durango, el mitote con un sentido ritual se sigue realizando por los habitantes de esta zona, los tepehuanes. En  cualquiera de los dos casos, el ruido, la música y los cantos están siempre presentes. 

Que la palabra tenga estas raíces rituales explica mucho sobre nuestros actuales mitotes: una fiesta jamás será una fiesta si todo permanece tranquilo. Es una buena fiesta si la gente se divierte y convive, pero se ganará el título de mitote si el relajo, el ruido, el argüende, llegan a proporciones problemáticas: cuando la fiesta es ya un mitote, poco podremos hacer para controlarla, todos están conectados con su lado más natural (por no decir animal) y danzan como si no hubiera un mañana.

Un mitote está siempre fuera de nuestro alcance; podemos ser parte de él, pero nunca será parte de nosotros. Lo mejor que podemos hacer es seguir de mitoteros y aceptar nuestro destino: el mitote siempre podrá más que nosotros.

Por Diego Fernando Vázquez

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