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Los latinoamericanos tendemos a crear con frecuencia diminutivos y a intensificar una palabra con la finalidad de darle énfasis a lo que estamos expresando. Así, el empleo de éstos en ocasiones se encuentra tan integrado en el idioma que adherimos palabras a nuestro vocabulario que difícilmente podemos deslindar del sufijo que indica diminutivo.
 
Un ejemplo claro sería cuando queremos decirle a un niño (ajeno a nuestra familia) que guarde silencio, para esto intentamos matizar nuestras palabras y usamos quedito (con la finalidad de que su mamá no se moleste por haberlo reprendido), palabra que, aun cuando sea difícil de creer, es meramente un diminutivo. Esta palabra procede de quedo que significa “que habla de manera casi inaudible”. Al tener tan arraigada la costumbre de utilizar el diminutivo, quedito se ha vuelto parte de ese repertorio de palabras que no podemos sustituir por la que no incluya la desinencia característica. Seguramente, si a ti te dicen que hables quedo, pondrías un semblante de duda y, a la vez,  tratarías de averiguar si la palabra intenta ser un insulto o algo parecido, porque ¡eres latinoamericano!
 
Hay otras palabras que ya están instituidas dentro del diccionario  con la marca del diminutivo, mas en alguna ocasión no fueron utilizadas de la misma forma. Por ejemplo, se considera que el adjetivo bonito proviene del vocablo en español antiguo carente de diptongación bono, este último es una evolución fonológica del latín bonus. Bonito sería un sinónimo de bueno (buenito) que, además, es un atributo de tipo positivo que explicaría mucho el cambio semántico con la que empleamos aquella palabra. Un dato extra para poder entender toda esta explicación es que en latín, el equivalente a nuestro bonito o a la palabra bello era pulcro. Pero la utilización de ciertas palabras cambia y no hay más qué hacer.
 
En muchas otras palabras intercalamos el uso de la palabra habitual y la palabra con diminutivo. Ya sea decir “ahora” o “ahorita” nos parece bastante común; empero siempre preferiremos decir ahorita para señalar un momento que tal vez nunca llegará. Si pretendemos que nos sirvan poca comida, la opción idónea será decir poquito para que entiendan que en verdad deseas una cantidad asaz pequeña.
 
No ocultemos lo que nos es casi connatural y usemos los diminutivos que más nos gusten. Reconocer lo que nos caracteriza evitará que caigamos en ultracorrecciones y creamos que todo el léxico terminado en -ito es incorrecto, exagerado o que siempre esta desinencia indica diminutivo. Ni Benito ni apetito ni finito son diminutivos e incluso así conservan este grupo de sonidos que usamos en sabrosito, librito y dormidito; así que no se te ocurra decir  alguna vez Beno, apeto o fino, pues te quedarás con la penita por considerar que los diminutivos son parte del habla poco culta o vulgar.
Por Michelle Chiw

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