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Las palabras en general tienen sentidos casi siempre fijos. Estas unidades puede ser desde un morfema hasta el vocablo entero. Sin embargo, al desenvolverse en diferentes contextos, pueden adquirir otros o perder su acepción original. Por ejemplo, así como hay ocasiones en las que empleamos las palabras en su sentido literal, en otras nos remitimos al contexto para insultar, clasificar y ofender. Muestra de esto sería la palabra “indio”, que seguramente no tardaste en entender en qué situación sería un agravio.
 
Se habla de clasismo lingüïstico cuando se manifiesta una actitud discriminatoria a través de las palabras. Muchas veces aquél puede ser léxico; pero en otras ocasiones es contextual. Cuando decimos habla vulgar, naco u otro adjetivo peyorativo recurrimos a esta tendencia.
 
Así como aquellas palabras pueden ser una prueba de que el clasismo existe en la lengua española, hay muchas otras y ningún idioma estaría exento, en inglés, ahí están los casos de “beaner” o “wet back” para referirse a los migrantes. De alguna manera también jerarquizamos al creer que que las palabras que decimos, el tono que usamos, la forma en que nos comunicamos es mejor, más elevada y más correcta que la de los demás.  Aunque no son las únicas, hay muchos que siguen pensando los dialectos como inferiores a un idioma o respecto a otro dialecto que ellos hablan. No obstante, es un hecho que a través del habla podemos saber de dónde proviene una persona (geográficamente hablando), así como muchas veces también delimita clases sociales, edad, entre otras.
 
No, no hay una forma superior de hablar; no hay una lengua mejor que otra, ni un dialecto mejor superior, ni nada que nos permita creer erróneamente que estamos en una jerarquía superior sólo por emplear palabras situadas en la norma lingüística. Esa falsa creencia de que la lengua popular es inaceptable te hace parte de clasismo lingüístico.
 
Muchas veces descartamos y juzgamos las palabras que usan ciertos individuos por creer que nuestras palabras pertenecen a la lengua “culta” y no sabemos qué parte del léxico que emitimos todos los días es catalogado como “vulgarismo” (en su sentido de popular); las palabras que utilizan personas en comunidades pequeñas regularmente son cultismos que se adhieren más a la tradición latina (fierro, vide, ansina).
 
Por su parte, no sólo el léxico es blanco de críticas continuas, sino también elementos que no son lingüísticos como tal; sin embargo, también son parte esencial de la comunicación: el tiempo que tomamos para hablar (cronémico), el tono, y la proximidad con el oyente (proxémica). Así que hablar de cierta forma, ya sea por tradición o por una preferencia consciente no debe ser parte de una falsa pureza, puesto que nada ni nadie es totalmente puro.
 
Socialmente nos han educado para seguir ciertos patrones normativos que, de manera consciente o inconsciente, proyectamos en nuestras palabras. Esto no quiere decir que la forma en la que nos instruyeron sean inamovible: podemos erradicar cierta ideología que carece tanto de argumentos científicos como de humanismo. Al final sólo nos queda mirar atrás para saber que en la lengua como en la sociedad todo cambia.
 
Por Michelle Chiw

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