Muchas de las palabras que existen en nuestro idioma pueden llegar a parecernos ofensivas, por lo que tratamos de evitarlas a toda costa. En muchas ocasiones decidimos prescindir de éstas, aun cuando no sean groserías, para evitar vernos “mal” ante nuestra familia que todo observa o por miedo a ser juzgado por enunciar léxico que se cree racista, clasista o despectivo. Así, para comunicarnos utilizamos ciertas reglas de cortesía. Éstas pueden advertirse tanto en el empleo de diminutivos, como en ciertas conjugaciones verbales, en preguntas innecesarias y hasta cuando buscamos sinónimos o eufemismos que atenúen lo que queremos expresar.
 
Nos han dicho que describir a una persona como “negra” es racista, a pesar de que describimos a una persona como “blanca” sin mayor problema. Asimismo pasa cuando denominamos a alguien como “pobre” resulta negativo en contraposición a “rico”, por ello decidimos que lo mejor es decir “de escasos recursos”, así ¿las palabras “negro” y “pobre” realmente son despectivas?
 
El significado de estas palabras, hablando de manera precisa, no es negativo, pues también las usamos para caracterizar objetos sin que resulte problemático. Una persona puede decir palabras que se perciben como “positivas”; sin embargo, el tono y el contexto en el que se mencionan puede resultar un insulto para el otro individuo.
 
Creemos que todo léxico que señale alguna característica de un sector marginado es ofensiva. Lo que nos parece una ofensa lo asimilamos tanto que lo transmitimos por generaciones; de esta forma los patrones no se rompen hasta que cuestionamos si realmente decir “discapacitado” o “enfermo” es algo despreciativo o simplemente hacemos alusión a uno de los elementos que componen la vida de ciertas  personas.
 
El hecho de que una sociedad intente, de manera constante, suavizar las palabras o ejecutar muchas formas de cortesía revela la poca solidaridad y confianza que existe entre sus integrantes: hay incredulidad en lo que el otro dice, por lo que debemos amortiguar algo que sea demasiado directo. La cortesía es un arma que debe también ser usada con medida, pues el hecho de evitar ciertas palabras por creer que afectarán a cierto individuo puede ser una señal de exclusión o de que realmente creemos que esa persona tienen una papel en la sociedad menor al resto de la gente.
 
Utilicemos las palabras sin miedo: podemos decir “moreno”, “blanco”, “alto”, “pobre” sin que esto sea una falta de respeto. Nuestra intención comunicativa es la que de forma clarísima se verá al enunciar alguno de estos adjetivos. Si denominar a alguien como “blanco” no es ofensivo para nadie, ¿por qué decirle “chaparro” sí debería serlo?
Por Michelle Chiw

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