El español es uno de los varios idiomas que vienen del latín: no es el único. El latín tuvo varios hijos, los cuales se llaman francés, italiano, rumano, español, occitano, catalán, portugués, gallego, asturleonés, aragonés, entre otros. Estos hijos son muy parecidos (unos más que otros), pero algunos como el francés y el español crecieron de manera más rápida.
El latín pudo haberse mantenido hasta la actualidad como un idioma popular; sin embargo, de éste nacieron algunas lenguas en varios países del mediterráneo y de esta forma su legado también se conserva a través del tiempo. Uno de sus hijos es muy distinto a los demás: el rumano. Podría decirse que el rumano es hijo de otra madre, pues mientras las demás lenguas comparten afinidades claras, el rumano es mitad romance, mitad eslavo.
Estas lenguas nacieron debido a los cambios del latín. El latín fue modificándose de manera paulatina. Siglos y siglos le llevó concebir a estos idiomas ya aludidos. Al comienzo, el latín, comunicaba todo sin necesidad de artículos como “la” y “el” o preposiciones como “de”, “para” y “con”, mas poco a poco fue utilizando estos elementos, por lo cual se los heredó a sus hijos.
Las lenguas más afines entre sí se hallan en el actual territorio de España y Portugal. Esto explica por qué, cuando leemos textos en portugués o catalán, podemos entenderlos con más facilidad que si leemos uno en francés. Las semejanzas entre estos idiomas existen debido a que convivieron de manera muy próxima en el territorio peninsular, asimismo, sus tíos el árabe y el visigótico fueron parte de la educación de éstos.
Hay palabras en cada idioma que parecieran muy diferentes entre sí; si lo analizamos a partir de las leyes fonéticas, podremos darnos cuenta que cumplen con un mismo patrón que se manifiesta de forma diferente. Por ejemplo, si su padre les heredó la palabra “plorare” (llorar en español actual), el catalán, el portugués y el español reformularon la palabra siguiendo una serie de reglas casi inevitables. En catalán, “plorare” se convirtió en “plorar” (palabra que es muy parecida, ya que lo único que se eliminó fue la “e”), en portugués esta misma palabra se convirtió en “chorar” y en español es “llorar”. En el caso del portugués y el español tenemos una ley fonética simple: los grupos consonánticos “pl”, “cl” y “fl” se transformaban en otros grupos consonánticos que se han catalogado como palatales (“ch”, “ll”) y, como lo podemos observar, ese fenómeno se cumplió en ambos casos.
Por otro lado, en las otras lenguas que vivieron lejos de sus hermanos las palabras conservaron la consonante “p”; no obstante, cambiaron algunas vocales y algunas consonantes: plânge (rumano), piangere (italiano), pleurer (francés). Con estas diferencias podemos exponer de manera muchísimo más sencilla que, aunque todos estos idiomas son hermanos, no son idénticos y que el convivir con cierto tío repercutió en su formación.
Es obvio que al venir de una misma raíz, las lenguas que mencionamos, tienen similitudes. No son idénticas: tu hermano y tú tampoco son una copia exacta, sino que, aunque sea en mínimas características, difieren superficial e interiormente. Nuestra lengua está emparentada con muchas más, por ejemplo, el español es primo del inglés y del alemán; también del griego. Hay un árbol genealógico de las lenguas más extenso de lo que creemos, por lo que nada de lo que decimos es único, puro y fijo. Así pues, ¿hay algo más mestizo que una lengua?
Por Michelle Chiw

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