En más de una ocasión nos ha pasado por la  cabeza el porqué un diccionario no contiene cierto léxico que buscamos y el porqué sí están otras palabras que consideraríamos “incorrectas” o “innecesarias”. Así como podemos hallar en un diccionario un léxico sumamente complejo digno de un escritor de literatura, también podemos encontrar algunas palabras que pertenecen a nuestra vida cotidiana y las cuales utilizan personas que conocemos como nuestra mamá, nuestro papá o hasta ese exnovio que no deja de enviarte mensajes por messenger a pesar de que ya no lo tienes dentro de tus contactos. Entonces, ¿qué rubros son los que permiten que una pequeña palabra cruce la frontera de un entorno reducido y se introduzca en un libro al que se puede tener acceso de manera internacional?
El primer punto que tenemos que tener en cuenta para poder responder esta pregunta, es que las palabras están en todas partes. Las palabras tiñen nuestro entorno y nuestra realidad –esto no quiere decir que la realidad sea igual para todos–. Por su parte, la tarea de los diccionarios es anexar en un único espacio la mayoría de las palabras que recorren los pasillos del Teatro Degollado y que a su vez caminan sobre la arena de Cartagena.
Si el léxico está aquí, allá y “acullá”, es claro que ese léxico nos pertenece, antes de pertenecer a un diccionario o institución. Los individuos que toman la decisión de adherir las palabras a un objeto conformado por papel saben que éstas son empleadas por un dialecto específico o por todos los hablantes de una lengua. Por ejemplo, en todo el español se dice la palabra ”pedo” como sinónimo de “flatulencia”, pero en el español de México “pedo” tiene varios usos distintos: sinónimo de “borracho”, el uso interjectivo en “¡Qué pedo! y es también sinónimo de “problema”. Así el grupo de personas que dirigen diccionarios realizan un consenso para saber si es adecuado o no añadir la palabra discutida con sus diferentes significados.
Además, también se debe tener en cuenta el contexto: si una palabra extranjera es utilizada de forma frecuente en la lengua, también es un parámetro de decisión para adjuntarla con sus respectivas adecuaciones a las reglas fonéticas y gráficas del idioma en cuestión, un ejemplo sería “tuitear”. Por otro lado, hay palabras que se crean para señalar una realidad que en el pasado no existía, como lo fue “software” en su tiempo.
No todas las palabras que conocemos hoy día han estado siempre en los diccionarios, tampoco todas las palabras que usamos llevan siglos existiendo. El español es variado, por lo que acepta un número inconmensurable de variaciones tanto orales, escritas, asimismo de significado. Algunas de estas variaciones son tomadas, aceptadas de manera normativa e impresas en libros de gramáticas, otras “sólo” se quedan en toda parte que conocemos y se resignan a que quizá, por ahora, únicamente les queda vagar por el Metro en dirección hacia Copilco mientras sueñan en cruzar esa frontera cosmopolita que un libro impreso o digital puede facilitarles.
Por Michelle Chiw

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