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Si eres mexicano, esta palabra forma parte de tu imaginario y, sí, seguramente la estás asociando con la figura religiosa de la virgen. Lo que tal vez sí te extrañe es su origen, porque en más de una ocasión has leído, escuchado o visto que se remonta a la época prehispánica: de la palabra náhuatl Coatlaxopeuh.

        Coatlaxopeuh se conforma por dos partículas del náhuatl: “coa”, que significa “serpiente”, y xopeuh, que hace referencia a la acción de aplastar. Así, aseguran algunos estudios, la Virgen de Guadalupe representaba para los primeros catequizados “la que aplasta la serpiente”, haciendo alusión a que acabó con la religión prehispánica. El náhuatl tenía como una de sus figuras principales a Quetzalcóatl, la serpiente emplumada; mientras que en el sur de México, se le conocía como Kukulcán en la lengua maya.

        Todo lo anterior suena muy coherente y hay estudios muy serios que lo avalan. No obstante, es falso. Incluso aquellas investigaciones yerran en no haber ido un poco más atrás en el tiempo y en la geografía. El origen de la palabra Guadalupe data de un par de siglos antes de la Conquista: a partir del nombre de un río y de una leyenda.

        Extremadura es una región al suroeste de la península española, a través de ella corre un río llamado Guadalupe y, junto a él, una aldea homónima. Aunque para el siglo XII, ésta era sólo una de las muchas otras regiones que compartía el nombre, pues en Ávila, Cádiz,   Almería, e incluso en Portugal también se conocían poblados llamados así.

        En los principios del español, y por herencia del latín, era común darle nombres de animales a los lugares. Para muestra, las regiones de León, de Cochinos, o la de Tabarra, éste poblado vecino de Guadalupe. Sin embargo, también fueron fructíferos los topónimos compuestos, como el Valle de Valdeconejos. Así como aquel, Guadalupe se constituye a partir de dos palabras: Guada y lupus. La última partícula viene del latín “lobo” y “guada” es la que vuelve interesante a esta palabra.

        Les llegó del árabe “wad-al”, que significa “río” o “cuerpo de agua” y está presente en otras formas toponínicas como el río Guadalquivir, el río Gaudaña o el río Guadalimar. Por lo tanto, la traducción más aceptada para Guadalupe sería “río de lobos”.

        No es, sin embargo, hasta un siglo después, en el XIII cuando una leyenda hace famoso a esta pequeña aldea.  La historia cuenta que un día al pastor Gil Cordero, originario de Cáceres, España, caminaba por las orillas del río Guadalupe, en la región de Extremadura, cuando la Virgen María se apareció en la ribera. El pastor la llamó como el nombre del río, Santa María de Guadalupe, y creó una pequeñísima iglesia en la zona. Lo más probable es que haya sido por allá del 1268, según algunos documentos de la construcción en los concejos de Trujillo y Talavera.

Virgen de Guadalupe, en el Monasterio-Santuario de Santa María de Guadalupe, España.

       La noticia llegó hasta oídos de la Corona y para 1330, cuando la iglesia estaba ya derruida por desconocidas razones, el rey Alfonso XI mandó a construir la Sancta Iglesia de María de Guadalupe y les da la autonomía como pueblo. De hecho, se volvió devoto de la Virgen, como atestigua un documento cronista de la época:

“E el rrey partió luego de Llerena e fue a Santa María de Guadalupe a dar graçias a Nuestra Señora, en quien este noble rrey don Alonso auie gran devoción e a quien el se auie recomendado”.

       Por primera vez, el reino de Castilla tenía un santuario propio que sustituyó en popularidad al tempo de Santiago de Compostela, en La Coruña, Galicia.

       Por lo tanto, para el siglo XVI no era nada raro que la figura mariana por excelencia del reino con más poderío fuera la Virgen de Guadalupe. De hecho, el mismo Hernán Cortés y Cristóbal Colón escribieron y se encomendaron a la Virgen de Guadalupe en las relaciones, o cartas, enviadas a los reyes católicos. Por eso, se hizo la asociación del nombre a partir de 1531. Sobre la veracidad de la leyenda en Extremadura o la del Tepeyac, la lingüística no puede ni debe aseverar tal información, simplemente porque las funciones de esta ciencia son otras.

       “Guadalupe” es, de este modo, una palabra que refleja la política de un reino y es quizá una de las palabras que mejor reflejan el sincretismo de muchas culturas: desde el latín hasta el náhuatl, pasando por el árabe. Y eso nos enseña cómo las palabras pueden cambiar no sólo la fe de unos cuantos, sino el rumbo de la historia.

Por Tonatiuh Higareda

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