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Tal vez lo que primero que te saltó al leer este título es por qué no se usó la palabra “lenguaje” en lugar de “lengua”. Cuando se empezó a sistematizar esta forma de comunicación para la comunidad sorda se hizo en inglés y, en las traducciones, hubo un pequeño, pero significativo, error que llevó a las personas a llamar “lenguaje”, de “language” por “lengua”, que sería la palabra correcta. Sin embargo, hoy se aceptan las dos formas debido al uso generalizado y todo dependerá de la propiedad con la que quieras referirte a esta forma de comunicación.

 

Muchos siguen sin creer que las lenguas de señas tengan la categoría de lengua, pero hay varios argumentos que dicen lo contrario. Un lenguaje es un sistema de signos cualesquiera; de todos los habidos con los que se puede construir un código de comunicación, existen los signos lingüísticos, conformados por un significado y un referente. Así, las palabras, como conjunto de grafías, son significantes y sus significados son las ideas o conceptos que encierran. Con las lenguas de señas pasa exactamente lo mismo: los movimientos con las manos o con otras partes del cuerpo son los significantes y cada uno tiene su propio significado.

 

Otra de las cualidades de las lenguas es que siempre tienen la posibilidad de seguir creciendo, ya que con un número limitado de sonidos y partículas puede crear miles de nuevas palabras y discursos. Las lenguas, siempre que surja una nueva necesidad, crearán más y más formas de expresar conceptos. Uno pensaría que las manos están más limitadas que el órgano de la lengua, pero no es así, cada movimiento puede dividirse en unidades más pequeñas y cada una tiene su propio significado. También es interesante que las personas que usan estos signos visogestuales para comunicarse están conscientes de que hablar con el cuerpo puede ser más tardado, así que usan el principio de la economía lingüística: Varios “morfemas” se conglomeran en un solo movimiento, lo que hace que las señas sean un código morfológicamente complejo.

 

Quizá esto sea algo que sí las diferencie, pues mientras en la lengua oral el discurso está “encadenado”; es decir, una palabra va detrás de otra y es imposible para el aparato fonador superponerlas, en la comunicación visogestual sí cabe esa posibilidad sintáctica. Esto, por supuesto, no ocurre siempre; pero en algunos idiomas de la lengua de señas se han encontrado casos.

 

Sobre los idiomas, en cada país se habla una lengua de señas diferente, así el inglés tiene su propio sistema, el español otro y casi todos cuentan con uno. Ahí no acaba todo, porque al igual que el español del norte de México cambia respecto al del sur o del centro, las lenguas de señas tienen variantes dialectales también: la forma, el movimiento o la posición de las manos cambiará de región en región.

 

Por último, no son, como algunos creen, formas primitivas para comunicarse, pues hoy se han especializado tanto que ya es posible encontrar gramáticas específicas de la lengua de señas. Esto pasa porque los hablantes de lenguas de señas comparten el mismo código; es decir, el conjunto de signos del que se hablaba arriba, pero sistematizado, con reglas y consensos para utilizarlo. Si alguno de ellos no habla con el mismo código, la comunicación simplemente no existiría.

 

También la idea generalizada es que es un lenguaje artificial; y si bien fue una lengua creada, hoy ya no se puede considerar de tal manera. En las últimas décadas, estudios de antropología y lingüística han demostrado la existencia de comunidades de hablantes visogestuales nativos alrededor del mundo. Fue cuando la sociolingüística volteó a ver a estos grupos y sus estudios han revelado mucho: el proceso psíquico de quienes lo hablan, la forma de conceptualizar ideas, el desarrollo de los signos, entre otros.

 

El lenguaje de señas necesita más personas que lo hablen. ¿Por qué? Tal vez así la discriminación hacia estos grupos se erradicaría, su inclusión en todos los ámbitos sociales sería posible y, por supuesto, tendríamos todo un mundo de pensamientos distinto al que estamos acostumbrados.

 

Por Tonatiuh Higareda

 

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