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La lucha feminista lleva muchos siglos, aunque es cierto que tomó mayor fuerza durante el siglo XX. No obstante, parece un conflicto de nunca acabar. Las razones para que varios sigan creyendo que es es un tema que no debería tener relevancia son más de las que creeríamos y, sí, en una de ellas la lengua se ha visto inmiscuida.

Hoy sólo basta ver cómo hombres y mujeres desdeñan todo discurso que tenga una visión incluyente o de igualdad de género en redes sociales. Entre las diatribas menos ágiles no es raro encontrar el uso de adjetivos con el fin de descalificar a los autores. Un ejemplo rápido: la palabra feminazi parece ser el insulto favorito de los censores. La palabra viene de la composición de las palabras en inglés feminist y nazi, y pasó al español sin grandes cambios.

El término ya no distingue entre feministas “radicales” o las que se apegan a las doctrinas de la segunda mitad del siglo XX. Es usado para mujeres principalmente, pero también se aplica a hombres con un sentido peyorativo reforzado –porque no sólo es feminista, sino también femenino, amanerado–. Las mofas hacia las feminazis siempre surgen del mismo punto: ya no son las mujeres que luchaban por el voto, son mujeres extremistas que pelean por derechos que, según algunos, ya tienen, pero en la realidad es otra: sueldos equitativos, vestir como quieren, expresarse como deseen, ejercer su sexualidad o derechos laborales.

Si creen que las mujeres que batallaron por votar y por poder usar pantalones fueron vistas como valientes y ejemplares, están totalmente equivocados. Al igual que los opositores de hoy, muchos hombres y mujeres de principios de siglo las insultaban y reiteraban el discurso sobre que las mujeres ya tenían suficientes derechos. Y sí, al igual que hoy la sociedad divide el movimiento feminista, en la primera década de 1900 existían dos tipos: las sufragistas, mujeres recatadas y casi siempre de familia noble o burguesa; y las suffraggettes, mujeres que entraban a los mítines, y gritaban sus argumentos, que respondían a los insultos; mujeres sin el miedo de violar las leyes construidas para favorecer a los hombres, con tal de conseguir un espacio en la política y administración pública.

Aquello ocurría en el contexto europeo y estadounidense, pero en Latinoamérica no distaba mucho el desdén hacia el feminismo. No por nada tenemos muy bien arraigadas las palabras “machorra” o “marimacha”, que hoy usamos para mujeres lesbianas, pero que en un principio se usaron para designar a mujeres con una expresión de género masculina. De éstas, la de historia más escabrosa es “machorra”.

Para que los detractores observen que no es nuevo cómo a los hombres siempre les ha molestado que una mujer “parezca” hombre, ya en el siglo XV, el mismo Antonio de Nebrija escribía: “Muger machorra. mulier mascula Muger pequeña”, con el fin de decir que las mujeres con actitudes masculinas valían menos. El término, siglos después sufría una evolución de significado; para muestra un botón, del autor decimonónico Fernández de Lizardi: “¡Dios me libre de ser tan ridícula ni tan machorra que montara a caballo como hombre!”. Acabó no sólo atribuyendo actitudes masculinas, sino haciendo la analogía con las mujeres que comportándose como tal, estarían condenadas a la esterilidad, y así se ve incluso en autores de renombre como Camilo José Cela:  “Era medio machorra y algo seca y el dolor era en ella superior”.

No, no es que las mujeres antes luchaban por cosas reales. El feminismo nunca ha sido bien visto y la lengua es espejo que refleja las peores posturas ideológicas. Lo que se mantiene intacto es la fuerza de muchas mujeres y hombres que, cargando el estigma de estas palabras, siguen peleando para que todos seamos iguales. Sí, incluso los hombres.

 

Por Tonatiuh Higareda

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