Ramón Gómez de la Serna dice que la única inmoralidad que un escritor puede cometer cuando escribe en libertad es el temor a una errata, pero ¿con qué se comen las erratas?

      La fe de erratas es un método utilizado a partir del siglo XVII que consiste en realizar un listado de todos los errores de escritura, ortografía y puntuación, se llama errata al error involuntario al escribir. Sin embargo, la primera fe de erratas se realizó en una edición de Las sátiras de Juvenal y fue hecha por Gabriel Pierre en 1478.

     Una de las funciones de los correctores (hipervínculo a la nota de la diferencia entre corrección de estilo y redacción) es revisar los textos en busca de erratas, aunque es frecuente que  se termine escapando alguna. Las erratas son muy habituales y es raro, por no decir imposible, encontrar un libro que no las tenga.

    Existen anécdotas de fe de erratas en la literatura, como aquel libro publicado por Alfonso Reyes, un poemario con tantos errores que se dijo que Reyes acababa de publicar un libro de erratas acompañado de algunos versos. También está la  historia del cardenal Bellarmin quien necesitó agregar un volumen de 88 páginas lleno de sus errores. Tampoco hay que  dejar de lado la anécdota de Manuel Ugarte, que cuenta cómo un periodista le dedicó este escrito a la hija del dueño del periódico: “Basta escribir su nombre, Mercedes, para que se sienta orgullosa la tonta”, y quedó en ridículo al fallar la escritura de “tinta”.

     Y no, no están tan alejadas de lo que leemos a diario, basta darle una leída al periódico de hoy, en la sección de empleos, para notar cómo la ausencia de una tilde al buscar una secretaria con ingles en vez de inglés puede jugarle una mala pasada a quien anuncia y a una vergonzosa lectura a quien lo nota.

     En la vida cotidiana es tan común que muchas veces pasa desapercibido, tan así es que, incluso cuando existe el autocorrector, los errores abundan. No por nada las redes sociales permiten la edición de las publicaciones sin mayores complicaciones. Afortunadamente están las fe de erratas y, si no, siempre podrás tener un Larousse a la mano.

Por Gabriel Lemus

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