Uno de los tópicos más polémicos que se han exteriorizado en la actualidad es la constante lucha de géneros. De forma abstracta podemos ver un progreso incesante en esta batalla de equiparación; sin embargo, hay un ápice que aún no se ha podido solucionar de forma total: el lenguaje incluyente.

 

    Este problemático tema ha dejado ver las diferentes y muy variadas perspectivas sociales que tratan de justificar ya sea a favor o en contra del lenguaje incluyente; pero lo más importante es, quizá, que permite analizar minuciosamente nuestra lengua y sus innegables tendencias sexistas y machistas. Pero, tratando de ser más específicos, ¿dónde podemos encontrar ese lenguaje asaz enérgico que invoca a la lucha de géneros con la sola emisión de un sintagma?

 

    En primera instancia, para poder identificar este tipo de lenguaje, debemos diferenciar dos cosas: el lenguaje sexista y la connotación cosificadora que practicamos todos los días en palabras tan sencillas como “puta” y “puto”. Existe, por un lado, la lengua gramaticalizada, dentro de la cual hallamos aspectos excluyentes como la aplicación del masculino genérico, es decir, el uso del género masculino en las palabras para representar ambos sexos en una generalización. Así, por otro lado, también está la distorsión de significado de palabras comunes, las cuales tiene un significado estandarizado por los diccionarios, empero nosotros como sociedad cambiamos ese significado para ciertos contextos específicos. Cuando tengamos clara la diferencia entre las dos manifestaciones antes mencionadas, podemos desmenuzar las ideas que nos proponen para incentivar la equidad de género.

 

El lenguaje incluyente pretende sustituir, claramente, al lenguaje excluyente que reproducimos inconscientemente todos los días. Este lenguaje excluyente y cosificador (que sí, puede afectar a hombres y mujeres) podemos hallarlo en boca de hombres, de mujeres, de niños. Se argumenta que se manifiesta tanto en aquella mencionada generalización de un grupo de personas de diferentes sexos mediante el uso del género masculino, como en el hecho de vincular cierto léxico con los diferentes géneros, también en el empleo de palabras como “maricón” o “zorra” y en frases de este tipo: “Lloras como niña” o “Las mujeres no saben conducir”. A pesar de que estos patrones continúan existiendo, las personas evitan con más frecuencia decir aquellas frases que generan y mantienen con vida al famoso machismo. Muchas de esas personas han dejado de utilizar oraciones como las ya descritas, no obstante, hay algunas que aún se rehúsan a evitar el masculino genérico.

 

      Las actitudes ante el masculino genérico son unas de las vallas que no dejan que la lucha de género se resuelva. Muchos argumentan, desde un modo prescriptivista, que el lenguaje no puede cambiar ante manifestaciones como “todxs”. Otros, creen que mencionar “todos y todas” es un poco tedioso y muchos más ni siquiera se dan a la tarea de reflexionar acerca del tema.

 

Si lo consideramos, existe algo que justificaría con facilidad estas manifestaciones lingüísticas que se proponen para nuestra realidad cotidiana: una doctrina llamada “descriptivismo”. El “descriptivismo” se encarga de exponer cómo se presenta el lenguaje, apoya la idea de que la lengua cambia de manera constante y, además, sabe que es utópico pensar que un idioma puede permanecer de una manera fija por siempre. No obstante, es claro que “todxs”, debido a la ausencia de una vocal, parece impronunciable; aunque muchos articulen esa “x” como una “e”. También, por su parte, el hecho de modificar ciertas palabras de nuestra lengua de manera premeditada alteraría esa naturalidad que caracteriza a los cambios lingüísticos.

 

    ¿Cuál es la solución entonces? El uso de palabras que agrupen a todo tipo de personas, como sería el decir “las personas” y “la humanidad”. Los individuos y las instituciones lingüísticas, hoy más que nunca, tenemos que aspirar a que nuestra estancia en el mundo sea lo más pacífica, equitativa y agradable, pues ¿quién no quisiera que una de las lenguas más habladas del mundo emanara una ecuanimidad magnífica?

Por Michelle Chiw

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