Si eres mexicano o conoces a alguno, seguramente te son familiares estas frases: “¿No tendrá salsita que me regale?”, “–¿Quieres algo de tomar? –Un vasito de agua nada más”, “Lo hago ahorita” o incluso, “Ahoritita mismo lo tienes”. Puede que a otros hispanohablantes este uso del diminutivo parezca excesivo y hasta ridículo, pero los mexicanos tienen una razón para decirlo tanto.

      Se debe al sustrato náhuatl que permeó el español durante siglos en este país. Normalmente se piensa que cuando una lengua sustituye a otra, como en el caso del español en la Conquista, la elimina por completo; pero quedan muchos rasgos de la lengua primaria, ya sea desde ciertas palabras, como nombres de lugares o de conceptos que sólo existen en esa lengua, hasta asuntos mucho más abstractos como la forma de decir las cosas. Éste es el caso de los diminutivos.

       El náhuatl era un lengua rica en derivación, pues se considera una lengua aglutinante; es decir, un idioma que para formar nuevas palabras agregaban otras ya existentes a una, y ésta nueva a otra, hasta tener un concepto totalmente diferente. Los diminutivos para los mexicas tenían muchas funciones, pero primero hablaremos de la reverencial. En español cambiamos, por ejemplo, la persona gramatical, usamos perífrasis verbales y hasta volvemos las órdenes, preguntas; así que en lugar de decir “Dame la hora”, enunciamos “¿Me podría dar su hora, por favor?”.

      El investigador Ignacio Dávila da un gran ejemplo de esto con la palabra venado, en náhuatl mázatl. Si al venado se le quiere dar un tratamiento reverencial se agrega el sufijo -tzintli, por lo que sería mazatzintli. Pero además, si no sólo se quiere hacer reverencial, sino también afectivo, o dar una idea de cercanía con el que lo enuncia, se usa -pil: mazápil. Puede que te parezca rara una forma de reverencia para un venado, pero para este pueblo la naturaleza tenía una gran importancia y había que rendirle respeto; hoy la forma sobrevive y no es extraño escuchar “¡Ay, Diosito!” o “¡Ay, nanita!”, como un equivalente para cuando lo sobrenatural se hace visible.

      También el diminutivo nahua servía, en ocasiones, para usarlo como insulto. Siguiendo con el ejemplo del venadito, cuando se le quería menospreciar los mexicas decían mazantontli; que agrupaba el diminutivo -tli y el despectivo -ton-. En el español mexicano también tenemos ejemplos: “mariconcito”; palabra curiosa que refuerza su significado con el aumentativo -cón más un diminutivo -cito.

      Algunos otros diminutivos como -tepito, -tl o -tzin eran tan comunes en el habla coloquial que nunca llegaron a desprenderse y sólo se adaptaron a los sufijos existentes en el español; de ahí los “frijolitos”, el “quesito” y la “cremita” para los tacos. Es curioso, sin embargo, que el español mexicano prefiriera estos afijos en lugar de la gran variedad con la que el español peninsular también cuenta, como -ico, a o -illo, a.

    Tal vez por el poco uso de éstos por los conquistadores es que no crearon tantas palabras, aunque existen varios casos. Quizá, el más famoso sea el de la “quesadilla”, que para nada viene del náhuatl, sino del diminutivo de la “quesada”, un platillo español que, dicho sea de paso, tampoco requería de queso siempre, sino de leche cuajada, pero ésa es otra historia. Estas tortillas dobladas rellenas son el ejemplo perfecto de cómo en algo tan cotidiano se nota la influencia del náhuatl.

     El uso de los diminutivos es una de las características que diferencia al español de México con el de toda Latinoamérica y, aunque a muchos les siga extrañando su abusivo uso, para los mexicanos es algo de lo que se tienen que sentir orgullosos: que ni la Conquista ni ningún otro idioma les hace olvidar sus raíces lingüísticas.

Por Tonatiuh Higareda

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