Es común pensar que todo vocablo que proviene de otro idioma ajeno al español es un extranjerismo. Sin embargo, en gran medida, nuestro idioma se construyó con palabras de distintas lenguas, casi un 30 % de él, de hecho. Así que sería un error llamarle a todo de esta manera y es por eso que para su denominación se consideran algunas cosas:

      En primer lugar, debe tomarse en cuenta dos grandes criterios: el de la modificación a una palabra y el del tiempo transcurrido para que un vocablo se establezca. Por esta razón estas formas se dividen en dos grandes grupos: los extranjerismos y los préstamos.

    Los extranjerismos son palabras que llegan sin cambio alguno en su estructura o morfología. Aunque es cierto que la mayoría de las personas censura su uso, también son palabras necesarias para términos que no tienen un equivalente en el español. Todo es cuestión de equilibrio, no abusar de ellas cuando claramente conocemos alguna palabra en español que designe lo que queremos, para así no confundir más a nuestro lector o escucha. Ejemplos de extranjerismos serían “geisha”, “amateur”, “apartheid” y “software”.

      Los préstamos, por otro lado, son palabras que para su ingreso al idioma han sufrido algún cambio morfológico o fonético, y suelen figurar en los diccionarios. Casi siempre se trata de palabras que, por tantos años de uso, no se recuerdan como vocablos con un origen extranjero. Asimismo, todos los préstamos respetan las normas de ortografía, pues se adaptan a la pronunciación del español. Por ejemplo, es sabido que nuestro idioma no tiene muchas palabras que terminen en d, pues en el proceso de romanceamiento esta consonante dental perdió fuerza hasta el punto de eliminarse; así que cuando palabras como standard del inglés penetraron, lo hicieron con algunos  cambios: la adición de la vocal “e”, la tilde para indicar la sílaba tónica y la eliminación natural de una vocal que nos complica la pronunciación. El resultado: estándar.

     Ahora bien, dentro de la clasificación de los préstamos hay otra que se restringe a la geografía de donde provienen. Esto ayuda a que no se olvide el contexto de cada palabra y así conocer la historia de la evolución del español. Dentro de este gran grupo se pueden encontrar:

  • Los galicismos (provenientes del francés): restaurante, moda, boga, fresa, batalla, fraile y jamón.
  • Los arabismos (provenientes del árabe): ojalá, azúcar, zanahoria, almohada, aceite, alberca, almacén, sandía y azul.
  • Los anglicismos (del inglés): whisky, clic, futbol, líder, turista y yate.
  • Los vasquismos (del vasco): cachorro, chaparro, izquierda, mochila, zurdo y bacalao.
  • Los nahuatlismos (del náhuatl): elote, aguacate, chocolate, chicle, popote y hule.
  • Los italianismos (del italiano): escopeta, novela, piloto, piano, atacar y saquear.
  • Los germanismos (de las lenguas germanas): jabón, guerra, bigote, ropa, guante y brindis.
  • Los quechuismos (de la lengua quechua): cancha, lancha, puma, papa y pisco.
  • Los guaranismos (del guaraní): ñandú, jaguar, paca y maraca.

      También se hablan de los galleguismos y los catalanismos, que llegan desde Galicia y de Cataluña, respectivamente. Así como los gitanismos que fueron permeando a toda la península ibérica durante siglos. Por otro lado, existen palabras que hoy reconocemos como de otro idioma, pero que están apenas en proceso de adaptación o de ingreso al español. Por ejemplo, no es raro encontrar cómo la partícula -ar, como verbalizador, crea vocablos que nos son más entendibles: faxear, whatsappear, shazamear, chatear, tuitear y otras más.

    Ahora es más fácil notar que el español nunca ha sido puro, como suelen defender muchos, y hasta los vocablos que creemos que deben permanecer inamovibles, en realidad llegaron gracias a otras culturas y sus lenguas. Si en siglos no hemos podido detener la avalancha de términos, no lo haremos ahora y sería ridículo intentarlo. De lo contrario, sí estaríamos empobreciendo el español.

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