pleonasmoLos policías de la lengua suelen ir en busca de los pleonasmos y redundancias para corregir y sentirse bien consigo mismos. Probablemente ni lo notaste, pero la oración anterior tiene un par y es ahí cuando lo interesante del español se revela.

       Para entender un poco por qué las redundancias no siempre son censurables y, a veces, hasta son necesarias, se debe entender qué son. Es irónico que si decimos “pleonasmo y redundancia” se cometa este error; la razón por la que se ha dividido de esta manera es para matizar sus usos. Mientras que el pleonasmo se le considera una figura retórica, a las redundancias se les considera un vicio de la redacción.

      El pleonasmo ha sido fructífero para las creaciones poéticas y pocas veces se le considera un error. Aunque ya entonces, incluso en la literatura, había algunos que condenaban su uso, como Lope de Vega que haciendo burla de Góngora apuntaba: “Que si un culto le viera/ es cierto que dijera/ por únicos retóricos pleonasmos: “Pestañando asombros, guiñó pasmos”. Con estos versos, no obstante, Lope no tenía ánimos de evidenciar la pobreza redactora de su rival poético, sino más bien de demostrar que a veces menos es más y el uso innecesario de frases rimbombantes sólo entorpecía la función poética.

         Pero no todos lo toman así, pues al igual que Lope, muchos van juzgando este recurso en frases como “rasgos faciales”, “lo vi con mis propios ojos” o “súbete para arriba”. Si bien aquéllas sí son redundantes y bien podrían eliminarse uno de sus elementos, también es cierto que  ignoran que no todo será un redundancia siempre, pues una de las características del español es reforzar el sentido con figuras como ésta, incluso siendo frases u oraciones en un contexto coloquial. Por ejemplo, “medio ambiente” saca de quicio a aquellos policías de la lengua, pues “ambiente” y “medio” significan exactamente lo mismo. Imaginen las campañas contra la polución: “No tire basura, el medio se lo agradece”, “El ambiente necesita recuperarse”. ¿Acaso no quedan cortas de sentido ambas oraciones? ¿No queda más claro y efectivo el mensaje si dijera “No tire basura, el medio ambiente se lo agradece” y “El medio ambiente necesita recuperarse”?

     De este modo, no es difícil ver cómo el pleonasmo tiene dos grandes funciones: embellecer lo que decimos, como en aquel poema de Tirso de Molina, que dice: “Ya ejecuté, gran señor, tu justicia justa y recta”; y para dar fuerza a los significados que pueden quedar cojos en muchos contextos.

       Aquellos renuentes seguirán diciendo que son errores y que su uso generalizado no debe justificar tal empobrecimiento del español. Sin embargo, por mucho que se corrija seguirán apareciendo, pues el español en su seno nació con ellos. La morfología nos da muestras de esto: los pronombres como “conmigo” tienen repeticiones. Este pronombre en particular se formó con un latín tardío y un romance bastante nuevo. Del latín heredamos varios pleonasmos —véanse los textos de Horacio y de Ovidio—, y “conmigo” es quizá el más usado. En latín “ego” significa “yo” y “me” es el pronombre en ablativo de esta lengua; “cum” es la preposición “con” y no falta dar mayor explicación para ver su verdadero significado etimológico: “Con yo yo”.

    No es el único caso, hoy son grandes productores de formas pleonásmicas los pronominales, que también tienen la función de ser enfáticos con el mensaje, como “Quiérete a ti mismo”, “A mí no me importa” o “Si te gustó a ti…” Incluso hasta lo podemos observar en frases que carecen de toda lógica, como lo son las dobles negaciones: “No hubo nadie” y “Ya no hay nada”, pero que siguen siendo correctas. Sí, a todos los hispanohablantes nos gusta el pleonasmo; por ejemplo, en América es común encontrar la repetición del objeto indirecto: “Le dije a María”, ¿por qué se explicita el nombre si ya está indicado en “le”?

       La cuestión no es corregir por corregir, sino de hacerlo cuando realmente sea necesario y para eso debemos estar conscientes del contexto. Las redundancias como “baja para abajo” por supuesto que deben corregirse, pero quizá debemos ser menos severos si alguien dice “lo toqué con mis propias manos” cuando la sorpresa no da cabida en el que lo dice. El español es tan rico que el único empobrecimiento real lo hacemos nosotros al negarnos usar el pleonasmo como una forma de dar gracia a aquello que queremos.

Por Tonatiuh Higareda

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