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enjundia

¿Has escuchado la frase “¡Échale enjundia!”? Lo más probable es que la ligues con hacer algo con más vigor o con mejor ánimo. La palabra “enjundia” ha tenido un largo recorrido en el que ha ido cambiando su significado. Hoy te lo explicamos.

        La palabra viene del latín tardío “axungia”, que a su vez viene de dos vocablos también muy interesantes: “axis”, en español “eje”, y “ungere”, traducido como “ungir”. Antes de decirte cómo se relacionan con “axungia”, debes saber que los romanos le llamaron así a la grasa de ciertos animales, como el cerdo. El eje que tiene escondido en la palabra no ha sido aclarado todavía por los estudiosos, tal vez del axis, como en anatomía, una parte específica del cuerpo de donde se extraía; otros del uso que se le daba a esta grasa, casi siempre en los ejes en arquitectura, en armas de guerra o en construcción de carruajes.

    La otra, “ungere” es más conocida por nosotros, pues además de “ungir” ha dado palabras como “untar” y  “ungüento”. Están tan emparentadas que hoy todavía podemos rastrearlo en el sacramento cristiano de la unción de los enfermos, que se realiza ungiendo los santos óleos; es decir, ungir a alguien con un aceite o sustancia grasosa y tal vez por eso todos los ungüentos tienen la misma textura.

     Ahora bien, ¿cómo de “axungia” pasamos a gritar “¡Échale enjundia!”? Antes la grasa más usada era la de los cerdos, pero con el tiempo sirvió la de otros animales. Quien gusta de la cocina sabe bien que casi nada de un animal se desperdicia y que todo tiene una relación con el sabor o con propiedades nutritivas específicas.

     Las propiedades de los alimentos, ciertamente, no son una creencia nueva. En casi todos los animales, como los bovinos y las aves, la enjundia incluso era un poderoso remedio contra muchas enfermedades. Así está registrado en varios tratados de medicina de la Edad Media y siglos posteriores, en cuyas páginas se aseguraban que hasta la grasa del hombre era de las mejores para mitigar distintos males.

     La “pinguedo hominis”, como solían llamarle, o grasa de hombre se mezclaba con algunos otros ingredientes como plantas –si su enfermedad no eran tan molesta– o incluso con sangre y excremento –si la enfermedad era mortal–. Se usaba untada o ingerida, también dependiendo de la gravedad del malestar. 

       Claro que este tipo de remedios también tenían un costo para algunos elevado, así que las mejores opciones provenían de animales cuya crianza resultara económica, como las gallinas. La enjundia en estas aves se encuentra en los ovarios y con el tiempo dejó de untarse y de ingerirse con azúcar o pedazos de hierbas y mejor se integraba a los caldos.

      Un caldo de pollo solía ser el mejor remedio para casi todas las enfermedades, lo más rico y lo más nutritivo era la enjundia que se le echaba para sazonarlo. Por analogía con las mejoras que experimentaban quienes lo consumían, la gente empezó a decirle “¡Échale enjundia!”, pero cada vez se asociaba con situaciones que, como las enfermedades, achicaban el ánimo o el brío para realizar ciertas cosas. La enjundia no sólo se volvió la medicina para el cuerpo, sino también para el alma y la cobardía.

        ¿Y tú a qué le quieres echar enjundia?

Por Tonatiuh Higareda

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