Cuando los usuarios de una lengua se hacen conscientes de lo que hablan es sano y normal que surjan dudas, y la pregunta que da nombre a este artículo es quizá de las que ha dado más vueltas por la cabeza de un hablante de español, ¿o de castellano?

     La verdad es que se trata de un problema heredado, la historia de España, como la de cualquier otro país, es vasta y compleja. La lengua fue un factor de gran peso para consolidar al estado español tal como lo conocemos. Por allá del siglo V cae el Imperio Romano de Occidente y todos los pueblos que estaban bajo su mando se dividen en diversas entidades políticas. Cada territorio, como es natural, desarrolla sus propias formas de hablar y, teniendo en cuenta que antes no existía ninguna institución regulatoria de la lengua, los dialectos del latín empiezan a distinguirse uno de otro. El gallego, el catalán, el castellano, el navarro-aragonés y el leonés son los que predominaron en la península.

     Además, hay que aunar a los pueblos árabes, que llegaron a invadir la península en el siglo VIII, éstos para nada eran bien vistos por los reinos cristianos, quienes emprendieron lo que hoy conocemos como la Reconquista. El reino de Castilla fue quien ganó más territorios con el tiempo, siendo la gran potencia de la época. Por lo tanto, su dialecto que ya se podía considerar una lengua se impuso en las zonas ganadas, aunque todavía existía resistencia. Para el siglo XV casi toda la península pertenecía al reino de Castilla y Aragón, pero el nombre oficial era España y la lengua oficial era el castellano.

    No es gratuito que la primera obra de gramática, hecha por Antonio de Nebrija, se llamara Gramática de la lengua castellana. A finales de ese mismo siglo empieza la Conquista de América y la lengua que aprenden los indígenas –algunos con reticencia, otros de buena gana gracias a las órdenes religiosas– fue el español de Castilla.

     En España, sin embargo, no todos aceptaban que se le llamara castellano, como los pueblos de Galicia, León o Euskadi, y se volvió común llamarle “español”. En el siglo XVII aparece el primer diccionario escrito por Sebastián de Covarrubias, al que nombró Tesoro de la lengua española o castellana, demostrando que ambas palabras servían para nombrar a la misma lengua.

     La Real Academia Española surge un siglo después, en el XVIII, y con el tiempo decide quitar “castellano” para nombrar a la lengua y prefiere el uso de “español”. Aunque poco sirvió, pues el debate se mantuvo durante dos siglos más. En 1978 en España se hace una nueva constitución y, sorprendentemente, regresa el “castellano” como lengua oficial del país, dejando de lado la opinión de varias regiones, como las meridionales, cuyos dialectos ya se conocían de distinto modo, como el extremeño, el andaluz y el murciano.

     Hoy los lingüistas, viendo el uso tanto de uno como otro vocablo, aceptan ambas para referirse a la lengua hablada en gran parte de Latinoamérica, en España y los territorios que todavía sostienen, por ejemplo, algunas regiones del continente africano. Sí, podemos decirle de uno u otro modo: “español” si queremos referirnos a la lengua como tal; “castellano” si queremos ser más estrictos en cuanto al origen del dialecto, que cabe destacar ya dista mucho al del siglo X.

     Para llamarlo de uno u otro modo, no sólo se debe estar consciente de nuestra forma de hablar, sino también de políticas que dieron lugar a esa diferencia. Quizá la pregunta ya no sea “¿español o castellano?”, sino: “¿Cuál vocablo responde mejor a nuestro contexto como hablantes?”

Por Tonatiuh Higareda

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