Lo que para nosotros hoy es relativamente fácil como viajar en unas cuantas horas  de continente en continente, para los marinos del siglo XVI y XVII era una faena. Con el descubrimiento de América los puertos y sus habitantes empiezan a tener relevancia lingüística. Cruzar de un mar a otro implicaba meses de viaje. ¿Y qué es lo que se hace en viajes largos? Convivir y platicar. Y así, con el excesivo uso de ciertas voces, es como surgen muchas de nuestras palabras.

       Una vez ancladas las naves españolas en las ya entonces colonias, desembarcaron los nuevos habitantes con varios vocablos en su registro lingüístico. Lo que tenía un referente en el mar, lo empezó a tener en tierra. Por ejemplo, en México podremos encontrar en muchas esquinas tiendas de abarrotes, que son básicamente tiendas con productos de supermercado. Sin embargo, “abarrotes” viene del verbo “abarrotar”, que en un barco era asegurar la estiba (lugar donde se ponía toda la carga) con pequeñas cuñas.

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      Dejando los abarrotes de lado, ¿te has preguntado por qué los americanos decimos “balde” o “cubeta” en lugar de la forma española “cubo”? La razón también está en el mar. Así llamaban a los recipientes de madera en los que transportaban agua. Mientras que “cubeta” es el diminutivo de la forma peninsular. Muchas otras palabras tuvieron la misma suerte al aterrizar, la lista es muy larga, pero te enunciamos unos cuantos: “amarrar”, “zafar”, “zafarrancho”, “chusma”, “rancho”, “boliche”, “chicote”, “tolete”, “ensenada”, “placeres”, “arrumarse”; este último con sus variantes “arrimarse” y “arrumbarse”.

      Con tantas palabras y cambios de significado seguro quieres mandar al carajo el idioma, y con toda razón lo llevarías a la parte más alta y fea de un barco: el carajo. Este lugar era el más odiado por los marinos, pues no contaba con la protección contra las tormentas o los vientos, la única tarea de quien se fuera al carajo era la de observar. Podían pasar meses y el pobre marino necesitaba tener los ojos bien abiertos por si en una de esas vislumbra tierra.

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          …Pero calma, calma, no todo es tan complicado. También hay metáforas interesantes que el ingenio náutico nos heredó. La calma es una de ellas. Si has escuchado el refrán: “Después de la tormenta viene la calma”, ya sabes de qué hablamos. Ese periodo en el cual las nubes se despejan y el viento es nulo, un pequeño pedazo del verano que surge después de los torrenciales. Así, por el sosiego expresado en tan innovadora imagen poética, surge nuestra calma; esa tranquilidad que, sin quererlo, seguimos asociando cuando sorprendidos de las costas de América decimos: “¡Mira qué calmado se ve el mar!”.

Por Tonatiuh Higareda

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